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estar libremente en contacto sexual libre y espontaneo. 

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La Fiesta

(Hace tres años).

—Me siento súper tensa, amiga. No sé para qué vine a esta fiesta. Honestamente, no tenía el mínimo interés —le confía Tania a Elsa, al tiempo que las otras personas abandonan el kiosco.

—Yo estoy en uno de esos momentos de la vida en que todo me da igual. No tengo interés especial en nada, pero me dejo llevar por la corriente, a ver a dónde llego o en dónde me atoro. ¿Y por qué la tensión? —le preguntó Elsa a Tania.

—Supongo que si se hiciera una medida de grado de tensión, todos nos volaríamos la marca de lo saludable. Así me siento —Tania había cerrado los ojos al decir esto.

Elsa caminó y se colocó de pie, detrás de Tania, para aplicarle masaje a los hombros.

—Uy, amiga ¡qué rico está eso! —exclamó Tania al primer toque con relativa fuerza de las manos de Elsa sobre sus hombros—. De verdad que me has sorprendido.

—¿Te gusta? Qué bueno... —comentó Elsa, sin dejar de aplicar el masaje. —Tania, amiga, debo confesarte algo —espetó súbitamente Elsa.

—Elsita linda, dime lo que quieras, pero no pares... no dejes de hacerme eso tan rico —lo dijo en tono de negociación, con un ligero tartamudeo nervioso.

Elsa y Tania estaban solas en aquel lugar —un pequeño kiosco colocado en el rincón trasero del jardín— ahora abandonado por el resto de los invitados.

—Tania, me siento atraída por ti.

—Elsa —dijo Tania, al tiempo que con la mano izquierda le acarició tenuemente la mano que ahora tenía sobre el hombro derecho—, ¿qué más da, Elsita? Yo... este yo... ¡estoy sintiendo delicioso esto que me estás haciendo! Ven, siéntate aquí —le señaló sus piernas.

Elsa se movió casi automáticamente hasta quedar sentada de tal manera que la nalga derecha le topaba a Tania en su plano estómago. Le tomó la cabeza detrás de la nuca y se la acercó hasta que los labios de ambas rozaron una y otra y otra y otra vez.

Por detrás, a escasos metros, Laura se acercaba hacia el pequeño kiosco, tomada de la mano de Jorge. Entre ellos y el kiosco había matorrales que impedían ver completa la escena. Ella la notó; estaba segura de que Jorge no la había descubierto.

—George, se me olvidó algo —dijo súbitamente, volteando para regresar y ejerciendo presión para que Jorge también diera la vuelta. Ahora ella estaba segura de que Jorge no había visto nada.

—¿Qué olvidaste?

—Tengo residuos de regla —mintió—, y no me volví a colocar una toalla. El baño estaba lleno; me aturdieron.

—Ah, OK. Sí, vamos. Es mejor prevenir.

—Espérame aquí mientras salgo del baño —le dijo a Jorge, no en tono de sugerencia, sino de una especie de orden amigable.

—Voy por ponche y regreso. ¿Quieres algo? —ofreció Jorge. —No, gracias. Quizás más tarde...

Laura se aseguró de que Jorge ya no la veía. Entonces tomó camino hacia el kiosco de Tania y Elsa. Al avanzar, volteaba hacia todos lados, discretamente, alerta, excepto en la dirección de los arbustos, que es precisamente hacia donde se dirigía.

En el camino evadió a jóvenes de ambos sexos solos, parejas y mujeres, que la veían pasar. En alguna forma se las arregló para zigzaguear el trayecto, dificultando descubrir su destino final. El patio trasero se encontraba repleto, pero solo hasta unos metros después del área de la piscina. Más atrás, camino al kiosco, solo estaban algunas parejas aisladas, ocupándose de sus asuntos.

Finalmente llegó al punto en que podía ver la escena del kiosco. Esta ya había subido de temperatura. Los senos de Tania estaban descubiertos y Elsa los recorría con la boca, besándolos suavemente; pasaba por el cuello, llegando a los labios, rozándolos con los suyos y su lengua; regresaba hacia abajo, repitiendo el ciclo. Tania mantenía los ojos cerrados y la cabeza hacia arriba.

Laura se acercó hasta aparecer de entre los arbustos. Llegó al punto en que ella debería aparecer, pero sin ser descubierta. Entonces caminó, sin cuidado, haciendo todo el ruido posible al mover los matorrales.

Elsa y Tania escucharon el ruido y trataron de componerse, sin lograrlo.

—Sh, no puedo resistir; me han excitado sin control —dijo inesperadamente para ellas—. Deseo estar con ustedes.

—¿Quién eres? ¿Por qué vienes? Ya nos cachaste. Te juro que hoy es la primera vez que... pues, ¡que nos besamos! —dijo Tania, ajustándose los senos.

Ahora las tres estaban sentadas para una plática normal. Laura tomó la palabra.

—Yo siempre he querido tener sexo con mujeres, pero me encantan los hombres y todo lo que traen, todo... todo. La verdad, amigas, me gusta todo. En todo caso, solo no soporto de los hombres las hipocresías y mentiras que inventan con tal de llevarte a la cama.

—A mí también —dice Tania— me encanta todo de ellos... ¿Hipocresía? De nadie, en tanto no lo sepa una.

—Entonces —comenzó a decir Elsa—, ¿no vienes a delatarnos?
—No, para nada; vengo a disfrutar con ustedes... si me permiten —dijo Laura en tono humilde.

—Yo, siendo sincera —continuó Elsa— debo reconocer que no sé ni qué quiero o qué me gusta —confesó —. Creo que algo, no sé qué exactamente, me atrae más hacia otra mujer. Yo creo que... sí, debo ser lesbiana.

—Puede ser, amiga. Pero eso tampoco te debe preocupar. Disfruta lo que se te antoje, vive el momento. Que no te importe lo que viene después, sino lo que sucede en el ahora, en este instante —decretó Laura, en tanto observaba cómo se acercaba Jorge, tratando de encontrarla. Ella levantó la mano para llamarlo.

—No, por favor, no lo llames. Nos va a ver —dijo con desesperación Tania. —¿Y qué? —preguntó Laura, sin gran interés.

—Es que... si estamos las tres solas, aquí, en lo oscurito, pues seguro que va a pensar mal... —dijo con nerviosismo Elsa.

—“Pensar mal”... Hm... Más tarde tenemos que tocar ese tema. El chavo viene conmigo y hemos salido muchas veces. Me conoce bastante bien. En todo caso, solo nos puede hacer más agradable la experiencia... —informó Laura.

Jorge ya se encontraba con ellas.

—Te andaba buscando por allá, Laura. No sabía que habías regresado acá.

Tania y Elsa se quedaron en silencio. Laura se dirigió a ellas.

—Chicas, este es Jorge, un buen amigo. No sé si conocías antes a esta chava —le señala a Tania.

—Yo soy Tania...

—Y a esta otra chava... Se ven buena onda, ¿no? —continúa Laura, ahora señalando a Elsa.

—Yo soy Elsa...

Jorge asiente, y levanta la mano derecha al escuchar el nombre de cada una de las dos. Finalmente, se presenta.

—Hola, Tania, Elsa. Yo soy Jorge. No sé qué más soy. Pero ciertamente, no soy tampoco solo el nombre. Bueno, la verdad, yo no sé aún quién soy. Si ustedes sí lo saben, se les agradecerá me ayudan con la fórmula.

—Bueno, Elsa, Tania; disculpen, se me había olvidado por completo. Yo me llamo Laura. Obvio, yo no sé exactamente quién o qué soy. Ahora solo puedo afirmar que soy una humana platicando aquí. Además, con muchas ganas de entrar en calor, de sexo, pues, sin importar las identidades.

—O sea —pregunta Jorge—, ¿quieres que hagamos sexo juntos, los cuatro? —¡Exacto!

Se voltea y se dirige a Tania y Elsa:

—¿No les parece una idea maravillosa?

—Sexo juntos, ¿los cuatro? —pregunta Tania, con una sonrisa levantando las cejas.

—Sí, ¿por qué no? ¿Qué nos lo impide? —pregunta Laura.

—No sé si me voy a sentir bien —responde Elsa—; ni siquiera he bebido algo para suavizarme el cerebro...

—¿Y por qué no te sentirías bien? ¿Te gusta tener orgasmos? ¿Te gusta ver penes? ¿Te gusta ver vaginas y vulvas y senos y jugarlos y besarlos? Pues yo digo que aquí mismo nos desnudamos y si viene alguien, que se agregue al grupo.

Elsa se mantiene en silencio. Tania la empuja con un toquecito... —¿Eres normal? —pregunta Elsa dirigiéndose a Laura.

—No, no soy. Soy rebelde y acepto mi cuerpo, mis deseos y detesto las reglas. Pero no las había roto. Hoy eso voy a hacer... con ustedes —explica Laura.

—¡Me gusta eso que dices! —declara Tania—. Yo te sigo.

Elsa continúa sentada, petrificada en la silla.

—Dale, Elsa, ¿quieres? Yo sí —pregunta Tania y comienza a desvestirse.

Laura y Jorge hacen lo mismo. Elsa está quieta, inmóvil. Se sienta, vestida.

—Analízate con sinceridad, Elsa —le dice Laura—; piensa en tu interior, visualiza qué es lo que realmente quieres.

—Es que... no me siento segura de hacer esto. Hay personas que podrían saber que lo hice y... esas personas me van a reprochar la conducta —titubea Elsa.

—Este cuerpo que estoy viendo, cubierto de atuendos caros, ¿es de esas personas, o es el que lleva por la vida a una persona que se llama “Elsa”? —pregunta Laura, quitándose los zapatos, inclinada, totalmente desnuda, de tal forma que le cuelgan los senos, mostrándole a Elsa, en esa posición, labios vaginales protuberantes, que asoman debajo y entre sus discretos, muy bien formados cachetes traseros.

Elsa se baja del asiento, se hinca y comienza a lamerle la entrada vaginal a Laura, oprimiendo los muslos hacia sí. Por detrás se acerca Tania, ahora desnuda; le besa la nuca a Elsa en tanto va liberándola de la blusa, pantalón, sostén y calzones. Jorge se ha colocado detrás de Tania; esta está inclinada sobre Elsa.

Jorge tiene las caderas de Tania entre sus manos; ahora con una mano toma su herramienta varonil y roza el cabezal púrpura tenue con la entrada femenina de Tania. Con las dos manos separa los labios vaginales de Tania y prueba penetrarla. Esta solo voltea un instante y dice: “sí, por favor”. Entonces se produce el coito humano entre Jorge y Tania. “Uáu, amigo, eso está muy bien”. Ahora Jorge se balancea en coito con Tania; ella gime y acomoda las nalgas, apenas separando las piernas para facilitar los movimientos, mordiendo suavemente el cuello de Elsa; ha tomado con ambas manos cada seno de esta. Todos están ahora desnudos.

—¿Qué es esto? ¿Qué estoy... qué estamos haciendo? —pregunta Elsa, sin distraerse de la vulva de Laura —. Quiero, me gusta; este cuerpo me lo pide con intensidad. ¿Por qué hay algo que me molesta?

—Solo te molestan las capas de basura familiar, social, cultural, que están entre tu verdadero “yo” y este momento —le dice Laura, meneando las nalgas sobre la cara de Elsa—. Y, por favor, sigue, me lo estás haciendo delicioso, rico.

Laura, de pie, ha sido divisada por otros asistentes a la fiesta. Estos han notado su desnudez, además del notorio vaivén de la cabeza; se acercan, rodeando el kiosco convertido en rincón de placer.

—¡Yo quiero! —dice una mujer. —¡Yo también! —dice otra joven.

—Quítate la ropa —se oye a una joven decirle a un varón joven, al tiempo que ella se libera de vestimenta.

En poco tiempo, casi todos, más o menos desnudos, se abrazan, se besan; se conectan en coito humano, gimen, gritan.

—Bien, bien —se oye Laura decir a sí misma, en voz bastante elevada, provocando un momento de atención—, está bien... Supongo. Espero. Pero seamos responsables. Aquí ninguna quiere salir embarazada. Bueno, eso creo. Les pido a los portadores de órganos penetrantes que hagan el favor de ser conscientes del líquido que expulsan. Es el líquido más peligroso de la vida humana; es el causante de los actos más crueles que se han ejecutado en contra de la sexualidad, como La Inquisición. La realidad es que es un líquido que puede causar estragos colocado en el lugar incorrecto. ¿Estamos? Si no están usando condón, retírense antes de expulsar líquido, por favor. Eso sí, traten de mantenerse activos el máximo tiempo posible. Ojalá que lo logren, porque los que se agotan a lo pendejo, ¡se joden!

Hay un murmullo generalizado, risas, uno que otro aplauso.

—Ah —continúa Laura—, antes de que se me olvide: escuchen bien, porque esto es muy importante. Esta noche queda prohibido cualquier intento de exclusividad. Todos y todas pueden hacer sexo entre sí. Todos y todas. ¿Está claro? ¡Es la nueva regla, por lo menos esta noche, válida desde hace ya varios minutos!

Hay más aplausos, murmullo, comentarios. Todo se va silenciando conforme los cuerpos desnudos se mueven en olas.

Laura se ha volteado y ahora besa los labios de Elsa.
—No te siento olor a alcohol, Elsa.
—No he bebido nada... Creo que por eso me siento amarrada.

—¿Aun sigues amarrada? No te siento rígida. Más bien creo que te has soltado minuto a minuto. Créeme, Elsa, si vas a hacer algo especial en tu vida, algo que requiere dominio y aceptación de ti misma, huye del alcohol.

Laura está besando de roce los labios de Elsa, al tiempo que con la mano derecha juega con cuidado, con suavidad, la región que rodea la vulva de Elsa. Esta mueve el pubis hacia el frente, como suplicante para que esos dedos lleguen al punto concentrado de placer.

En la zona de la vulva, los dedos de Laura encuentran la mano de Tania. Las manos se toman, casi en forma automática, sin que ellas parezcan tener algo qué ver en el acto. Tania levanta la cabeza por encima de los hombros de Elsa y se encuentra con los labios de Laura. Se besan con roces pasantes de lenguas y labios.

—¿Has bebido mucho? —le pregunta Tania a Laura.

—Un vaso de ese preparado que está más dulce que la lengua de un oso hormiguero... —contesta Laura —. Así debe tener de azúcar.

Al hablarse, Laura y Tania sienten sus cálidos alientos.

—Esto, ¿es amor? —pregunta Elsa, sin dejar de bailar, buscando los dedos de Laura con el pubis saliente en forma notoria.

—Esto es sexo humano, entre humanos. Esto es, cuerpos excitados con mentes que por ahora no están estorbando —contesta Laura, sin interrumpir el jugueteo que desarrolla con boca, manos y labios vaginales en las rodillas de Elsa.

—¡Por favor, mi cosita...! —suplica Elsa.

Laura continúa y va cerrando el círculo que dibuja alrededor de la entrada vaginal de Elsa, hasta tocar, de roce suave y único, por solo una fracción de segundo, el clítoris de Elsa. Esta gime y empuja el monte de Venus persiguiendo la mano de Laura.

Allá, a unos metros, se van formando los pequeños grupos de dos, tres, cuatro, cinco. Todos están desnudos y gimen, suspiran fuertemente, aisladamente se oyen gritos apagados, tanto de varón como de niña. Si alguien pudiera calcular proporciones en este momento, vería algo sorprendente: hay más varones aún vestidos, inseguros, que niñas. Y de estas, las que aún quedan vestidas, tienen de la mano a un varón que las detiene, que trata de convencerlas de que es locura lo que se ha desatado.

—¡Se han vuelto locas! ¡Han perdido la cabeza! No puedo entender por qué tú quieres que seamos parte de esta locura —pregunta el varón a la niña.

—Kalín, ¿qué te pasa? ¿Por qué tan tenso? —pregunta la niña, como respuesta.

—¿Tenso? ¡No estoy tenso! —lo dice tan fuertemente que puede ser escuchado claramente por todos.

—¡Suéltame! —ordena la joven.

—Si te vas allá, lo nuestro queda terminado —advierte el joven.

—¡Déjame ser, Kalín! ¿Qué te pasa? —dice la joven, en tono que denota angustia mezclada con enojo.

—¿Dejarte ser? ¿Eso es lo que tú quieres ser? —le dice él, señalando a los grupos envueltos en un frenesí orgiástico.

—¡Yo soy una mujer que ahora está excitada y quiere estar allá, en donde están los demás, y hacer lo que los demás están haciendo! Dime la verdad, Kalín, y no me mientas, o sea, ¡no te mientas a ti mismo cabrón! La verdad —advierte la joven, soltándole la mano—, ¿no es allá en donde tú estarías de no existir este compromiso de “novios”? ¡No me mientas, cabrón! ¡Casi puedo leer tu mente!

El joven se ha mantenido en silencio. Se ha volteado, para no ver al grupo orgiástico, en tanto guarda silencio. Su mirada encuentra la de la joven. Observa que ella ha comenzado a desvestirse.

—¿Qué te hace mantener esa sonrisa, Rita? —pregunta, descubriendo que ya es inevitable la desnudez pública de su novia.

—¿Y qué te hace a ti mantener esa cara desfigurada? —le devuelve la pregunta.
Ella ahora está por bajarse la única prenda que le queda. Él observa con la mirada perdida.

—Quizás jamás te tuve —dice, evadiendo la desnudez total de Rita.

—Creo que no, Kalín; estuvimos jugando el juego que todos juegan. Ahora no voy a jugar, voy a ser... sí, a ser una simple hembra humana —le dice, retirándose, avanzando de espaldas, con los brazos abiertos, haciendo más evidente su total desnudez.

Ahora Rita está mucho más cerca del grupo en frenesí. Se acerca aún más; toca a algunos, abre los brazos. Desde unos metros de distancia se vería una alfombra de piel humana, desnuda, formada por los cuerpos en contacto en decenas de combinaciones.

En su retirada —en dirección contraria a la tomada por su novia— Kalín pasa cerca de una pareja que se mantiene en silencio, observando el compacto grupo orgiástico.

—Sí, se quedó allá mi novia, está en la orgía. Yo me negué a dejar de jugar el juego; yo me negué a vivir como un simple macho humano. Ella sí, decidió dejar de jugar y vivir como una simple hembra humana. Ustedes aún están a tiempo... ¿siguen jugando o le entran a ser simplemente humanos? —les dice, seguro de que podrán entender cada expresión; se detiene y los mira a los ojos—: Creo que me equivoqué. Me faltó valor.

La pareja lo ve pasar, en tanto que regresan a su posición anterior. Al girar las cabezas —la de él hacia la izquierda y la de ella hacia la derecha— pudieron haberse encontrado las miradas. Pero no sucedió: ambos se evadieron.

—Me quiero ir de aquí —dice la joven.
—¿No quieres ser una simple hembra humana? —le pregunta el joven, con una sonrisa sarcástica. —Quizás... ¿lo soportarías?
—Nos vamos, pues —dice el joven, como respuesta.
Apenas comenzando a moverse, el joven se detiene, con ella.
—No, espera —le dice el joven, tomándola del brazo.
—¿Qué? —suena ella de mal humor.
—¿Quieres entrar allá?
—¿Qué va a pasar si entramos, los dos? ¿Lo hacemos tú y yo nada más?
—¿No escuchaste lo que dijo la chava esa, que “nada de exclusividad” esta noche?

—Sí, pero ¿y qué? Nadie manda en mi vida, ni ella. Si quieres ir, nos cogemos tú y yo. Tú no puedes hacerlo con otra.

—¿Y si te digo que tú sí puedes hacerlo con otro?

—¿Qué? —ella comienza a lagrimar—. O sea que, ¿no te importo? ¿No te importa ver que otro me la meta, además, en público?

Él se voltea a ella, tomándola de los brazos, para verla a los ojos.
—July, por favor, perdóname... ¿Nos vamos ya?
Ella lo abraza y se quedan quietos en un abrazo largo.
—Yo no entiendo qué pasó aquí. ¡Ni siquiera habían bebido tanto! —comenta él. —¿Cómo lo sabes?

—Solo hay ese ponche que es casi pura azúcar, muy bajo en alcohol... Y no he visto circular botellas... —¿Será alguna droga en el ponche? —pregunta July, nerviosa—. Yo no tomé ni un vaso.
—Yo sí... como tres o cuatro; pero, créeme, es azúcar que sabe a frutas. No es para generar esa locura.

En el kiosco, oscurecido, Laura está sentada, desnuda, con las piernas cruzadas, en una silla desde la cual puede observar la alfombra de cuerpos humanos desnudos. Poco a poco van bajando en intensidad los gemidos y suspiros; en forma aislada aún se pueden escuchar señales de emoción sexual humana.

Elsa se ha sentado al lado de Laura y le juega la mano.

—Laura, gracias —le dice inesperadamente.

—¿Sientes que me debes esas “gracias” por algo, Elsa? —pregunta Laura, sin mover la mirada.

—Sí, mucho. Mira lo que has hecho —le dice, señalando la alfombra humana de cuerpos desnudos.

—Elsa, yo no hice nada. Yo solo estoy siendo... ¡lo que soy! Eso es todo. Es decir, yo solo... existo, pues... y acepto mi existencia.

—Pero, Laura, tú empezaste todo esto. Y ahora, ahora, ya está hecho, y ya nos hiciste a algunas... a hombres también ¿verdad? Ya nos hiciste sentir bien, suave, en vida.

—En todo caso lo único que hice, Elsa, es ser mi esencia y listo.

—¿Practicas alguna religión? —la pregunta vino de Tania, ahora sentándose—; te digo porque oí que tú digas que lo único que hiciste es “ser tu esencia”... ¿No eso dijiste?

—Sí, eso dije. No, Tania, no me convencen la instituciones supuestamente para atender el espíritu; siento que arrastran pesadas cargas de supuestas creencias (hasta las declaran “dogmas de fe”) que poco a poco van resultando ser falsas —contesta Laura.

—Tus palabras —comenta Elsa— están totalmente fuera de lugar, Laura. Parece que estamos en una cátedra de filosofía, con el Dr. Rendis... ¿lo recuerdan?

—¡Cómo no! ¿Qué se habrá hecho del tipo? Siempre iba tan mal vestido, tan dejado de sí mismo... — comenta Tania.

—No se confundan... Mi filosofía es muy sencilla y consiste tan solo en aceptarme a mí misma. Eso es todo —habla concluyente Laura.

La noche, un tanto húmeda, parecía tragarse las palabras de Laura al llegar al montón de cuerpos humanos vivos. Es una noche de fines de primavera, en un punto medio casi perfecto entre el ecuador y el punto máximo al cual el sol llega, en el norte, sobre el planeta Tierra.

El silencio es casi total. Al fondo la música se ha detenido. Nadie baila... sin ropa. Y los que no la tienen ahora descansan. Algunos están acostados, boca arriba y observan el cielo nocturno, invadido de las luces de la ciudad; otros están sentados y se acarician indistintamente.

—¿Quién es ella? —pregunta un varón, señalando a Laura.

—No sé —la joven se voltea hacia otra joven y pregunta—: tú, ¿la conoces?

—Me parece haberla visto en la Universidad Kantista, pero no estoy segura. Me cayó bien...

—Sí —dice el varón—, es una chava diferente.

—¿Y nosotras? —pregunta la primera— ¿No somos también diferentes... ya?

—OK, sí, todos —dice el varón—, ya estamos graduados en “Diferentes”.

—Oye, este —pregunta la segunda joven—, ¿tú... conmigo hace un rato? —pregunta, moviendo el dedo índice en círculos, hacia abajo.

—Creo que sí... —contesta el joven.
—Me gustó. Gracias por... pues, estuvo bien. Creo que no solo buscabas terminar...

—No, claro que no —confirma el joven—; me hizo bien oírla —señala con la cabeza en dirección al kiosco —; solo estaba pensando en estar adentro de ti...

—¿Solo de mí?

—¿No recuerdas? “Nada de exclusividad” fue la consigna...

—Tienes razón. Me caes bien. ¿Le llegaste a otra?

—Creo que a dos un tiempo no menor de cinco minutos y otras por unos segundos... ¿Sabes que es lo que más me gusta de todo esto?

—A mí todo —dice la primera joven.
—¿Qué te gusta? —pregunta la segunda joven.

—Que no somos unos ebrios o unos drogados, sino que estamos en nuestros cinco sentidos. O sea que, fuimos conscientes en todo momento. Creo que eso nos hará sentir mejor.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo —dijo, sin quitar la mirada del cielo una joven. —Yo también —dijo otro joven.
—Igual yo —dijo otra mujer.

Laura se levanta y reúne sus prendas, una por una. Primero encuentra su blusa. Se la coloca, quedando en una especial desnudez: de la cintura para abajo, está totalmente desnuda. Jorge la ve de reojo.

—¿Te vas? O sea... ¿Nos vamos?

—Creo que esta ha sido una de las mejores fiestas de la primavera, ¿no crees? —dice como respuesta Laura, en tanto localiza sus calzones, sentándose para colocárselos.

Jorge decide hacer lo mismo. Lo siguen Tania y Elsa. Abajo, la alfombra humana hace olas. Se nota un movimiento general.

—Oye, ¿nos podemos meter a la piscina? —es voz de mujer. —No sé... está muy cerca de la casa. Alguien podría quejarse. —¿Por vernos desnudas? Creo que les daría gusto, ¿no? —No encuentro mi blusa...

—Ese es mi pantalón...

—Te lo pusiste al revés... —risa general.

—¿Podré ir así? —se ha colocado solo un calzón de gorro.

Laura se ha vestido y ahora camina entre el grupo.

—Yo creo que sí voy a tener que ir a una farmacia —le dice una joven al verla pasar—; me temo que me dejaron el “más peligroso líquido blanco...”

—A menos que quieras tener un crío —le comenta Laura, pasando—; hace varios años que son legales las píldoras del día siguiente —dice, alejándose, agregando—, pero él debió haber tenido más cuidado.

—Creo que fue mi culpa... le pedí que no lo sacara...

—Ah —contesta Laura, continuando hacia la casa.

Jorge viene siguiendo a Laura unos metros atrás. Ella se ha detenido en el interior.

—Buenas noches —les dice a una pareja de adultos, por lo menos tres décadas mayores que ella—; ¿o serán días?

—Buenas noches, jovencita —dice la señora, observando a Laura de pies a cabeza—. Realmente, aún es temprano.

Laura se dispone a proseguir.

—¿Qué pasó allá atrás? —la pregunta viene de otra voz, más joven.

Laura voltea la cabeza para divisar el origen de la pregunta. Es una mujer de su edad. Laura se detiene...

—Gracias por esta fiesta... Creo que ha sido la más auténtica reunión desde que asisto a fiestas — responde Laura, sin vacilar en su respuesta—. Yo estuve muy a gusto, gracias por la hospitalidad.

—Pero... ¿tú eres Laura Rebolledo? —pregunta la joven. —Sí, en efecto.

—Ah —exclama el hombre adulto—, me saludas a tu padre. No me conoces tú, pero él y yo nos hemos visto desde jóvenes. Es un placer tratar con tu padre, es una fina persona. ¿Cómo te llamas?

Laura, papá... —interviene la mujer joven—, ¿no oíste que se lo acabo de preguntar?

—Perdón. Es que mi hija está muy nerviosa... algunos se pasaron de alcohol y hasta se quitaron la ropa... —explica el hombre, nervioso.

—¡Papá! —increpa la joven—; ¡por favor! —exclama, frunciendo el ceño, la boca y ordenándole con la mirada que deje de hablar.

—Sí, señor, es cierto... lo de la ropa. Pero no creo que haya sido efecto del alcohol —responde Laura inesperadamente—. De hecho, creo que estábamos muy en nuestros cinco sentidos, señor —Laura sonríe al decir esto; hay un instante de silencio y quietud—. Le daré los saludos a mi padre. Gracias. Buenas noches.

Jorge pasa rápidamente y cierra su distancia con Laura.
—Buenas noches —balbucea Jorge, en lenguaje apenas comprensible.

—¿Oíste lo que dijo, mamá? —pregunta la joven, levantándose del asiento—: “Estábamos”, o sea, mamá, o sea, ¡ella estaba entre todos esos y dice que estaban en sus cinco sentidos! Como diciendo que no fue efecto del alcohol.

—Hija —increpa el padre—, yo creo que debemos pasar por alto este episodio.
—¡Alfredo! ¡Qué cínico! —dice la mujer adulta—. Esto no se va a quedar así. Usaron nuestra casa...

—Mujer —la interrumpe el hombre adulto—, esta fue una reunión, una fiesta; ellos fueron nuestros invitados, bueno, invitados de nuestra hija. Eso es todo. Quizás no debimos estar aquí...

—¿Para qué? ¿Para que se sintieran más a gusto en... en... ? —la señora no puede pronunciar algo. —¡En la orgía, mamá! Orgía —dice la hija.

—Hijita —trata de calmar a ambas el papá—, no es para tanto. Vamos a voltear la hoja y listo. Creo que todo sucedió muy rápido. ¿No será esta una nueva moda?

Ahora desde el interior pueden escuchar cómo los invitados están saliendo por los jardines laterales, tratando de hacer silencio, sin lograrlo.

—Ya —dice la joven—, ya se están yendo todos.
—Por lo menos no habrá tanto escándalo, por tantas horas —dice la señora.

—Uy —observa el hombre adulto, investigando el territorio, a ver si se atreve a pronunciar lo que piensa —, podría ser que se haya probado aquí eso de que el baile es solo disfraz del deseo sexual...

—Gracias por acompañarme hasta aquí —le dice Laura a Jorge—. Ahora, tú, por favor, conduce con mucho cuidado. No queremos problemas. ¿Estás bien? —pregunta, desde fuera del auto.

—Sí, Laura, todo bien. Quiero llegar a la casa, acostarme y asimilar esto... —le contesta Jorge—. Tú empezaste todo, ¿verdad? Eso andaba diciendo todo mundo.

—¿Tú lo crees?
—Sí, claro que lo creo. ¡Hasta mañana! ¡Un beso!

—Mamá, ven... ya te preparé algo que te va a gustar —Laura está sentada a la mesa en la que usualmente desayunan.

—Voy para allá —contesta Lisa, su madre, desde el segundo piso. Laura tiene una sonrisa en tanto lee los mensajes en su celular.

Doña Lisa ha bajado las escaleras y en el camino platica algo con Linda, la empleada doméstica. Entra a la cocina y desde allí divisa a Laura.

—¿Cómo estuvo esa fiesta?

—La mejor fiesta en años, mamá. Todos se convirtieron en seres humanos, ¿te imaginas? —le contesta Laura.

Lisa frunce el ceño con una sonrisa simultánea.

—Me temo que voy a oír algo muy interesante... —contesta Lisa, sirviéndose cereal y espinacas—; soy toda oídos ansiosos...

—No, mamá, ¡ni te imaginas!
—No, hija, ¡sí me imagino!
—A ver, ¿qué te imaginas?
—Me lo imagino, sí, pero —se queda viendo a Laura a los ojos—, ¿será? A ver, cuenta tu historia. Linda se unió y ha escuchado en detalle la narración de Laura.

—... ser humana, o humano, pues, de verdad implica el rompimiento de muchas reglas, tabúes, prohibiciones. El problema es que muchos de los que vivieron la experiencia, Laurita, no te creas que están ahora muy tranquilos —comenta sin emoción doña Lisa.

—Y menos tranquilas van a estar cuando vean estas fotos que ya están circulando... —muestra Laura la carátula de su celular, en tanto pasa algunas fotos, todas ellas oscuras, difícilmente reveladoras de los asistentes.

—Eso no debería ser problema, pero eso va a causar más neurosis, hija. Tu padre lo va a disfrutar. Siempre anda viendo estadísticas de asuntos sexuales en Internet. Pero esto no es Internet ¡es una fiesta en nuestra sociedad, desencadenada por nuestra hija!

—No, pero, ¿me entendiste, mamá? Es decir, la fiesta no tenía ese plan. Creo que sí tuve yo algo que ver en todo lo que sucedió.

—No lo dudo un instante. Obvio, las “reglas irracionales”, diría tu papá, no son lo más aceptado o respetado en esta casa. Pero así somos dentro de nuestro hogar. No sabemos cómo pueden verse estas cosas en el exterior. No creo que sea nada fácil. Vas a ver que esto va a tener consecuencias.

—Mamá, ya las está teniendo... Pero, dime, ¿qué van a hacer? ¿Anunciar a los cuatro vientos que unos jóvenes de ambos sexos se desnudaron en una fiesta y comenzaron a disfrutarse en grupo por casi media hora? Eso lo deben mantener en silencio, dejar que vaya pasando el tiempo para que se olvide.

—A menos que en otras fiestas se vaya repitiendo la misma experiencia. Eso, podría suceder, ¿no crees?

—Pos, ¡qué bueno! —dice Laura con una abierta sonrisa. Linda, la empleada doméstica, ríe abiertamente.

—La cuestión es que el suceso sea bien asimilado.

—Es que, mamá, no te puedes imaginar lo tranquilos que todos fueron quedando. Se fueron de la fiesta mucho más temprano. El comentario era de nerviosismo, pero en paz. “La mejor fiesta”, ese era el sentir general.

—Es obvio que tu discurso captó la atención de la gente en cuanto a tu identidad. —Si es que me conocían. Pero si no...

—Si no te conocían, ahora todos ya se encargaron de diseminar la idea de que fuiste tú y nadie más que tú la líder en este asunto. Me pregunto por qué te inspiraste a hablar del tema...

—Pues mamá, ¿por qué más? ¡Estaba tratando de ser responsable! Es la peligrosidad de ese líquido viscoso y pegajoso lo que ha provocado toda la problemática que hoy vivimos.

—Bueno, es ese líquido en combinación con ese pequeño, pero gigantesco óvulo que soltamos cada 28 días...

—Pero si se cuida el líquido del macho, mamá, se acaba el problema. Nos dan a nosotras a tomar esas pastillas, pero, la verdad, cambian nuestra actitud en general. Disminuye nuestra calidad de sentir deseo sexual.

—Es cierto.
—Sé que puedo hacer sexo sin embarazarme, pero como que mi cuerpo no se siente tan natural.

—Estoy de acuerdo contigo. Deberían hacer algo que provoque que sea ese líquido el que deje de ser útil. Lástima, no lo han logrado.

—Bueno, sí, con eso de la vasectomía. Pero se quejan que porque no es reversible. No le veo el caso. La gente debe tomar la decisión de reproducirse o no en algún momento temprano de la vida.

—Yo —aclara Lisa—, tuve la suerte de engendrarlos a ustedes. Se han convertido en compañeros y amigos. Y no quisiera jamás renunciar a ustedes, por ningún motivo.

—No me vayas a decir que quieres ver a tus nietecitos pronto...

—Me conoces bien, hija. Sabes que eso no es algo que tenga en el plano principal de mis intereses existenciales.

—Perfecto, porque, por mi parte, creo que tampoco está entre mis prioridades... en fin que ya tienes otra hija que sí podría cumplirte por ese lado.

—Te repito, Lauris, eso no es prioritario ni expectativa ni algo que me quite el sueño. Los que estamos aquí, hoy, ahora, son los más importantes. Es la vida de nosotros la que se va desarrollando, la que debe tener la máxima calidad posible.

—Por lo menos cuando tú hablas de “calidad”, no estás refiriéndote a cosas que tienen que tener precios muy elevados. Tuve un amigo que me decía con insistencia que ustedes, tú, mamá, y papá, realmente, no querían a sus hijos.

—Y esta vez, ¿por qué suponía eso el amigo? —pregunta Lisa, curiosa—. En cierta forma, los críos deben ser responsabilidad del grupo humano extenso... Eso ya lo hemos platicado —le recuerda a Laura.

—Claro, mamá; todos lo entendemos, aunque no siempre fue fácil. Creo que porque ustedes nos lo trataban de explicar cuando aún éramos muy pequeñitos.

—¿Tú crees? Pues tu papá y yo estamos convencidos de que ustedes han crecido en salud mental precisamente porque desde pequeñitos fueron enfrentados, por nosotros, al realismo existencial que pregonamos en esta casa.


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