CULTURA CRUEL hacia la Cultura de Humanos Felices

Del libro Rebeldia Determinante y Final 





Cultura Cruel (Hace 2 meses)

—Toño, cabrón, ¡qué gusto verte de nuevo! —exclamó Chucho al encontrarse con Toño en el café- restaurante.

Antes de tomar el avión, Zoila, esposa de Chucho, le había encargado “saludar en forma especial al Toño”. “Dile que me muero de ganas de que nos volvamos a ver”, había sido el mensaje de Zoila. “Dile, por favor, que lo que aprendimos esos años en el ambiente de la universidad, sentaron las bases para todas las decisiones que hemos tomado después”. El Chucho le había contestado que el mensaje ya estaba demasiado largo y que era mejor que ella se lo enviara electrónicamente. “Uy, cabrón, pues le escribiré; pero me lo saludas efusivamente y dile que siempre lo recuerdo con cariño, con gusto, con afecto...”

—¡Chucho! No te puedes imaginar el gran gusto que me da este encuentro. Puta, cabrón, ¡qué pinche trabajo da que la gente se vea de vuelta en esta vida!

Toño le había dicho unos minutos antes a su esposa Lisa, que realmente sentía una gran emoción de volverse a encontrar con Chucho, después de casi cuarenta años de no verlo. Más tarde le contaría a Lisa que, después de todas esas décadas, era increíble lo congruentes que ambos habían sido en sus vidas. “Es que es como si ayer hubiésemos estado platicando... Las bases de nuestras vidas quedaron fincadas desde esos tiempos en la universidad”. “Suele suceder”, había sido la respuesta de Lisa.

Toño y Chucho se dan un sonoro abrazo.
—¿Se come bien acá?
—¿En esta cafetería o en esta ciudad?
—Pos aquí mismo, en esta cafetería, pues.
Don Antonio Rebolledo responde, describiendo la decisión que ha tomado para el resto de su vida.

—Yo no comería nada de este lugar porque solo me alimento de plantas y sus partes. Pero hacen un buen licuado de verdes y varias frutas y, generalmente (espero hoy estén de humor) me hacen caso en lo que les pido. Pero si tu hambre es atroz y no comes estrictamente plantas, como yo, aquí preparan varias cosas que pueden ser muy de tu agrado.

—Confiaré en tu criterio, pero no tiene caso quedarnos aquí si tú no vas a poder comer...

—No hay pedo, Chucho. Si tienes hambre, come. El lugar está agradable, ¿no crees? Y la clave está en aprovechar el tiempo... porque tenemos mucho de qué platicar —hace una pausa esperando la reacción de Chucho—. ¡No me digas que tienes prisa!

—No, nada. Mañana por la tarde vuelo hacia la provincia Pentrika. Por el momento estoy todo libre y no quiero moverme mucho, porque creo que voy a caer temprano —hace una corta pausa—. Pero, desde luego, no antes de concluir esta plática que nos debemos desde hace cuatro décadas.

—¡Hasta más!
—Ah, caray, ¡el gran Toño! ¿Qué me vas a contar?

—Tengo muchas cosas que me dan vueltas en la cabeza. Son cosas que no me dejan en paz. Por ejemplo, estoy convencido de que el sistema de vida que tenemos los humanos... —hace una pausa— ya sabes, el animal humano... —hace otra pausa—, porque, supongo que estás de acuerdo conmigo en que no somos sino un mamífero más... —Toño espera a que Chucho ratifique la postura.

—En efecto, Toño —ratifica Chucho—, un mamífero más, pero con un cabrón cerebrote que apenas y nos cabe en el cráneo.

—OK, perfecto. Vamos bien. Pues creo que ese “cerebrote” es precisamente el problema, a pesar de haber sido el que dio todas las “soluciones”...

—¿El problema? Toño, pues ¿qué has estado bebiendo? ¿Tienes bien la cabeza? —¿Por qué preguntas?

—Bueno, Toño, siempre hemos estado totalmente de acuerdo en que la clave de todo lo que somos los humanos es nuestro cerebro, ¿no?

—Y seguimos de acuerdo. No ha cambiado nada. Recuerda que yo siempre he sostenido que, como especie, somos bien chingones. Lo que decidimos a diario va en busca de mejorar. Pero, por desgracia, puede suceder que las soluciones que elaboramos se conviertan en trampas —se detiene ante la palabra “trampas”; continúa cuando la mirada de Chucho le da seguridad—. Siento que estamos dentro de una de esas trampas.

—A ver, a ver, eso... ¡pues suena interesante! Después de 40 años, mi querido Toño, debes tener la cabeza llena de observaciones especiales; pero esta parece que la tienes muy presente.

—Correcto, Chucho. Traigo algo nuevo, algo que no tocamos hace 40 años.

—A ver, hace 40 años acordamos que no se le podía discutir a Carlos Marx aquella su apreciación, ¿te acuerdas?

—¡Cómo podría yo olvidarla! ¡Es la base imprescindible para comprender las cosas! —¿Cómo era, exactamente?
—No creo que la hayas olvidado, Chucho. A ver...

Toño recita la clásica declaración, como si él la estuviera elaborando en ese momento; como si cada palabra formara un sólido pilar, y en conjunto, los únicos pilares sobre los cuales puede entenderse la vida humana, tanto en la naturaleza como dentro de las culturas.

No es la consciencia del hombre la que determina su existencia —hace una pausa precisa—, sino que son las condiciones materiales de la existencia —hace una segunda pausa, elevando la tonalidad, para pronunciar el final en tono normal— las que determinan su consciencia.

—¡Eso! Aunque, al oírlo, muchos te lo discuten, ¿o no? Es decir, muchos dicen que primero están las ideas y que de las ideas, salen las creaciones, las cosas materiales.

—Lo que no toman en cuenta esos muchos, es que, antes de que se formen ideas, existen condiciones materiales, muy concretas, captadas por los sentidos externos e internos; es eso que se capta, lo que estimula ese “cerebrote” hacia las ideas que se forma y no a otras. Es decir, no hay, jamás, una idea de la nada. Todas las ideas provienen de estímulos al cerebro; son estímulos que se forman por lo que el individuo capta del exterior o de su mismo interior, o por una combinación de ambos.

—Exacto... Así, mi Toño, lo dices bien suave. ¿Quién te lo podría discutir? Nos parece a nosotros algo tan obvio... ¿Cómo se le puede ocurrir algo a alguien que ni ve ni oye ni siente? Obvio, si tiene imágenes o recuerdos en su cerebro, es porque alguna vez vio, oyó o sintió algo.

—Antes de que esto se alargue... —Toño señala el menú.

—Sí, sí... a ver... —Chucho toma el menú y hay silencio unos segundos; Toño está examinando su celular; lo asienta.

Chucho solicita servicio de un mesero. Este escucha detalladamente la orden de Chucho y la minuciosa explicación de Toño acerca del licuado de “solo plantas, nada de azúcar, ningún lácteo”.

—Bien, una vez resuelto eso, veamos... ¿estábamos en... ? —pregunta Toño.
—Hm, Toño, Toño, esa larga explicación y detalles de tu licuado ya te borraron el resto del disco sólido...

—¡Ya lo encontré en mi índice! Yo digo que sí —recupera Toño la idea—: es cierto que elaboramos muy interesantes soluciones, pero a veces nos metemos en callejones sin salida que resultan terriblemente contraproducentes e, inclusive, ¡destructivos!

—Bueno, sí, obvio; aquí tenemos todos estos problemas de contaminación, calentamiento global, sobrepoblación, hambrunas, y las consecuencias de todas esas bellezas. ¿Has descubierto algo aún peor?

—Sí, y es algo terrible, Chucho: nuestra organización cultural en torno a la sexualidad humana; es antinatural, destructiva y cruel. Y no hablo solo de la cultura más extendida, la llamada “occidental”, sino de todas las culturas, con muy escasas excepciones.

Chucho dibuja una sonrisa, da un golpecito en la mesa con la parte inferior del puño y exclama: —¡Uy, cabrón! Ahora, ¿qué te traes? ¿Es algo nuevo, reciente o viene de atrás?

—Es algo que viene de varios años atrás... Pero es algo que se me ha aclarado recientemente. —Bueno y, ¿en qué consiste?

Básicamente, no puedo aceptar que la sexualidad humana natural, es decir, libre de toda cultura, sea compatible con la estructura de reglas dentro de la que se le pretende encajar.

—O sea que, según tú (creo que ya somos dos, por lo menos) lo que llamamos “sexualidad humana” es algo que se ha pretendido encajonar en donde no cabe.

—Exacto. Y no solo no cabe, sino que la lastima, la daña; ese encajonamiento le provoca heridas. —Sigue, sigue...

—Son daños, heridas que supuran constantemente. Los paliativos son costosos y peligrosos, pero solo mantienen más vivas las mismas heridas.

—Describe algunos de esos paliativos...

—Los y las jóvenes, desde los 14, 15 o 16 años, comienzan a vivir un proceso de entrada al mundo de los paliativos: el alcohol, la disco, las fiestas. “Nos vamos a divertir”, te dicen antes de salir... “Tengo una cruda de la chingada”, te dicen al día siguiente.

—Ah, entiendo...

—Y, por ejemplo, le preguntas a una jovencita cómo le va y puede ser que responda algo como esto: “Más tranquila; ya tengo novio.” Y te preguntas si la falta de tranquilidad era la falta de novio. Al rato por allí te encuentras un joven y te dice: “Ya no voy casi nunca a la disco; ya tengo novia.” O sea que,disco, alcohol, fiestas, son centros de encuentro de jóvenes buscadores de pareja.

—Así es, Toño, algo así, con sus variantes, está sucediendo desde hace un buen tiempo. O sea, no me estás hablando de algo nuevo.

—No, Chucho, no pretendo hablarte de algo nuevo, amigo, sino de algo muy viejo analizado desde otro punto de vista. Supongo que tú ya te vas dando cuenta de hacia dónde voy.

—¿Me examinas ahora? A ver, déjame explicarte, a ver si te estoy entendiendo... —OK, adelante, Chucho.

Hace un momento describiste que tú no puedes aceptar que la sexualidad natural humana sea compatible con los cajones en los que se le quiere achocar.

—Exacto. A ver, continúa, Chucho.

—La disco, el alcohol, las fiestas de adolescentes y adultos jóvenes, son algo así como rincones de ese cajón... ¿voy bien?

—¡Vas perfectamente bien! A ver, por favor, continúa, Chucho... —Creo que hay por allí un concepto... ¿“Búsqueda de Pareja”?

—Exacto, Chucho. Pero, ¿qué significa ese concepto? Aunque te parezca muy obvio, trata de definirlo, a ver si le encontramos algo. Dale, continúa...

Sexo. Los rincones del cajón son lo que ofrece nuestro sistema para resolver la cuestión sexual. —A mí me parece obvio. Pero hay más...
—Pues que, a final de cuentas, ¡no resuelven nada!
—¡Exacto! No solo no resuelven nada, sino que crean una falsa expectativa.

—¡Claro, Toño! Crean la expectativa de que todo se resuelve cuando encuentras “tu pareja”. Pero resulta que, a veces con suavidad y a veces con un gran esfuerzo, finalmente, encuentras la preciada “pareja”, “media naranja”, “significant other” y...

—Y... —arrebata la palabra Toño— pasas de un tipo de problema a otro; es cuando te encuentras con que no has resuelto nada, sino que te has mudado a un nuevo territorio de obstáculos.

—Bueno, Toño, en eso estaba. Pero aquí tienes que aceptar que de pronto sí hay encuentros muy dulces. Es decir, a veces sí aparece ese “príncipe azul” que transforma en “princesa encantada” a su nueva pareja. Y entonces se da un período de infatuación, cierto, variable en duración, pero invariablemente muy agradable para ambos.

—¿Y qué es lo que más interfiere en ese proceso de “felicidad”? —Se me ocurre pensar en los celos...

—¡Los celos! Hay latente algo así como: “Los demás son una amenaza a nuestra relación” —lo dice haciendo un tono profundo, ridiculizando el sentido—. Y estamos hablando, no solo de celos por otra persona que le pueda resultar atractiva a la pareja, sino de amenazas a la exclusividad de atención; todos los amigos y amigas, conocidos, parientes, hermanos, todos, sin excepción, son “potenciales amenazas”. O sea, la pareja se convierte en una delicada relación. ¿Me explico, Chucho?

—Y entiendo que todo esto son más “rincones” de ese cajón anti natural... —Así lo veo. ¿Cómo lo ves, Chucho?

—Intuición sociológica, mi estimado arquitecto. Siempre estás penetrando las entrañas de las estructuras, buscando la razón de lo que hace infeliz a la gente. Después de 40 años, veo que no te has agotado. Y eso que en realidad ¡vives de la arquitectura! Siempre te dije que tu rama natural eran las ciencias sociales...

—Gracias por tus conceptos sobre mí, pero no me has dado tu opinión sobre el tema importante...

—Yo creo que tienes una muy buena hipótesis sociológica. Hay que buscar por allá profesionales que la trabajen.

—Pero el asunto es mucho más complicado, Chucho. Aun encontrando mil interesados en 100 universidades y probando como cierta mi teoría, ¿qué se hace?

Chucho sonríe. Sonríe más. Oprime los labios, parpadea. Ríe discretamente. Toño tiene apenas una leve sonrisa dibujada, con las cejas levantadas.
—Uy, Toño, pues ¿qué se hace? ¡Está bien difícil!

—Lanzar la teoría y a ver si al paso de 30 o 40 años algo va cambiando, ¿no crees? Digo, la teoría, desde luego, tendría que ser definida con exactitud. Eso lo harían los especialistas en el tema. Tu esposa, Zoila, por ejemplo, tiene un doctorado en psicología social.

—Le platicaré a la Zoila, a ver qué interés nos regala. Veo que estas cosas le pegan y dañan al humano desde que nace.

—Y el humano nace aislado de los demás humanos, excepto su madre, padre y hermanos. Son los únicos que verá y oirá; son los únicos en los que se le enseñará a confiar. De hecho, te van a enseñar a desconfiar de los demás.

—Estoy totalmente convencido de que es imposible que la sexualidad humana sea, naturalmente, así como se le ha tratado de encajar en nuestras vidas a lo largo de la historia. Historia —recalca la palabra “historia”—, ¿me explico? Excluye la prehistoria —de nuevo, enfatiza fuertemente la palabra “prehistoria”—, porque todo lo que vivimos antes de hacer agricultura, creo que fue totalmente diferente... Me refiero a la cuestión sexual humana.

—Ahora estás convencido de que la forma en que las culturas históricas, o sea, las culturas basadas en la agricultura —hace una pausa, Toño asiente—, esas que han logrado describirse por escrito y así han registrado sus hechos, vaya, su historia —hace otra pausa, Toño asiente con la cabeza—, todas —baja la voz para hacer la interrogación—, (¿sin excepción?) —regresa al tono normal de voz— tienen una forma errada de resolver la cuestión sexual...

—O sea —continúa Chucho en tono de ratificación— todas las culturas humanas se han equivocado con respecto al tratamiento de la sexualidad.

—Exacto. Mira, por favor, si le damos una rápida repasada a lo que ha sucedido, por ejemplo, con el advenimiento de Internet, ¿qué encontramos?

—Pues muchas cosas... pero no me esperaba el salto, Toño. —¿El salto de la prehistoria a Internet?
—OK. Puede ser que tenga sentido. Sigue, pues.

—Entre muchas cosas, encontramos una brutal proliferación de sitios que en alguna forma están explotando la sexualidad. ¿Por qué hoy estamos así de “necesitados de sexo”? Digo, la verdad, si no estuviésemos necesitados, ¡no sería negocio la sexualidad en Internet!

—Pos sí, es un hecho. Es negocio porque hay una gran demanda.

—Hombres y mujeres quieren ver humanos desnudos, quieren ver a otros haciendo sexo. Se le llama pornografía. Es un nombre que ya tiene por todos lados una connotación totalmente negativa. Esto sucede (la atracción a lo pornográfico) en personas con o sin pareja. Pornografía, pues, es simple exposición a lo que hacen los humanos en privado, cuando practican actividad sexual entre sí.

—¿Hasta las mujeres? Entiendo que hay menos mujeres viendo pornografía en Internet, ¿no es así? ¿O hay más? ¿O igual? ¿Cómo están esas estadísticas?

—Las estadísticas han estado cambiando en forma vertiginosa. En los últimos 5 años se ha duplicado el número de mujeres que buscan “sexo casual” en Internet. Antes, hace unos 10 años, la búsqueda de sexo casual era asunto de los hombres. Pero hoy se están cerrando las distancias. Es algo que no se habría anticipado, dado que a la mujer siempre se le ha considerado menos interesada en sexo que al hombre. Cada día hay más mujeres navegando. En búsqueda de pareja, los sitios están 47% mujeres, 53% hombres.

—También —continúa Toño— hay por allí estudios de los términos de búsqueda usados. Parece que están parejos los hombres y mujeres. Lo que es impresionante es que la “industria” del sexo en Internet produce más ingresos que los ingresos de Microsoft, Google, Amazon, eBay, Yahoo, Apple y Netflix combinados.

—Nadie demanda lo que le sobra. Esta brutal demanda de los productos relacionados con la sexualidad, es señal muy clara de que sexo es lo que le falta a la gente.

—Definitivamente, Chucho. A la gente le falta sexo.

—Pero, cuidado. ¿Sabes qué te van a decir? ¡Que jamás antes había habido más sexo abierto, libre! Y ¿sabes qué significa eso? ¡Tonterías! La gente demanda sexo, y lo único que obtiene es pornografía. Como no encuentra lo que buscaba, lo intenta nuevamente. De allí los escandalosos números. Lo que sí ha cambiado es la diferencia entre la actitud de uno y otro género. Hoy las búsquedas en Internet, de ambos sexos, están al mismo nivel, o sea, mitad y mitad. Se cerró la brecha.

—¿Será que si hoy Freud viviera y le volvieran a hacer aquella famosa pregunta “¿Qué quieren las mujeres?” volvería a responder lo mismo: “Eso nunca he logrado descifrarlo”?

—Hay un estudio muy importante que está descifrando eso que Freud confesó jamás haber logrado entender... ahora te paso los datos. Vale la pena conocer el estudio.

—Se sabe (lo leí hace algunos años) que, entre quienes buscaban “sexo casual”, la mayoría, gran mayoría, se componía de hombres, Toño; era el género que antes buscaba “sexo casual”; las mujeres, en cambio, buscaban “pareja formal”. O sea, creo que las estadísticas mostraban diferencias muy importantes entre unos y otras. Pero, por lo visto, la distancia se ha cerrado. Hoy casi están balanceados los géneros en cuanto a la búsqueda de sexo casual y a la búsqueda de pareja formal.

—No, la distancia no se está cerrando: ¡ya se cerró! Chance y hoy, Freud, sí podría elaborar una respuesta con respecto a lo que las mujeres quieren. El sesgo cultural se va haciendo consciente.

—¿Sesgo cultural? Digo, tengo una idea de qué es a lo que te refieres...

—Incluso en algunas culturas modernas, por alguna razón, dejan más libertad sexual al varón que a la niña. Hay culturas que activamente acentúan como deseable esa diferencia. Pero yo sospecho que algo de eso está totalmente divorciado de la realidad natural, o sea, lo que serían las mujeres si la cultura no requiriera que se les mantenga en una especie de represión con diferentes grados de elegancia...

—Sí, es un sesgo, sin duda. Es cierto, podría ser. Yo entiendo que los hombres son sexualmente activos más o menos todo el tiempo. Pero, las mujeres, ¿no son solamente sexualmente activas durante esos 3 días de su ovulación? Es decir, el resto del tiempo, la sexualidad femenina tiene como motor... ¡pues nada más el cerebro! ¿No?

—¡Exacto, Chucho! Coño, hace 40 años que nos escogimos como amigos (y no olvides a Luis) y creo que no nos equivocamos. Rápidamente podemos ver las cosas con claridad. Bueno, pues, regresando al tema, ¿qué es más constante y estable como motor de la sexualidad, las hormonas o el cerebro?

—Sí, sí; ya veo a dónde vas. Nuestra sexualidad (la de los hombres, pues) depende del baño hormonal. Es este el que estimula nuestros cerebros. En cambio, en el caso de la hembra humana, ¡pues el cerebro está en posibilidades de ser estimulado en cualquier momento! Teóricamente, la hembra humana debería tener algo así como un espectro más amplio para sentirse estimulada sexualmente.

—Eso pienso, Chucho. No sé, pero tengo la impresión de que la hembra humana es tan sensual y erótica (quizás hasta más) que el macho humano.

—Bueno y, eso, ¿qué nos diría?

—Pues nos dice muchas cosas. Ningún humano, ni hombre ni mujer, deja de sentir atracción por otros (hombres o mujeres, según el caso) una vez que “escoge” una pareja. Es decir, lo de “escoger pareja” es incluso una obligación bastante cruel del humano de hoy.

—¿Dijiste cruel?
Sí, cruel. Estamos siendo crueles con nosotros mismos. Empezamos la crueldad hace unos doce mil años. O sea, desde que comenzamos a organizar nuestra sexualidad... Se detiene. Piensa.
—No a organizar —continúa—, sino a desorganizar nuestra vida sexual. Observa a Chucho a los ojos, fijamente.

—Esto es muy importante, Chucho. ¿Me estoy dando a entender? Es decir, le ves sentido a lo que estoy diciendo?

—Sí, Toño, mucho sentido. Claro, estás explicando tu percepción de un hecho...

—No, no, Chucho. No es mi percepción loca, subjetiva, ocurrente... No, Chucho, lo que te estoy diciendo, se basa en observaciones que cualquiera puede hacer tomando en cuenta una serie de factores.

—Vas a tener que ser exacto en esos factores. Toño observa a Chucho con cara interrogante.

Nuestra vida sexual hoy, todo lo que tiene que ver con sexo, ¡está mal! Todo ha estado mal desde hace miles de años. Nos hemos equivocado. Hemos hecho las cosas de tal forma que, en vez de vivir en el paraíso, literalmente el paraíso, ¡salimos a ganar el pan con el sudor de nuestra frente!

Se detiene Toño en tanto Chucho hace algunos apuntes en sus notas del celular.

—Mira, Chucho —continúa Toño—, cuando la evolución llega a nosotros, aparecemos en un ambiente muy diferente al ambiente generalizado de hoy. Uso la palabra “generalizado” por alguna razón, no solo así, a lo loco.

—Toño, ni lo dudes, ¡te estoy entendiendo! De hecho, habrás notado que estoy tomando algunas notas...

—OK. Gracias. Lo generalizado hoy es vivir en una unidad familiar: el padre, las madres y los críos. Cuando aparecemos, hace 220 mil años (obvio, Chucho, es una cantidad aproximada y nadie puede saber exactamente cuánto tiempo hace de ese preciso instante); bueno, cuando aparecemos, nos encontramos en una selva llena de frutas, raíces, hojas, en fin, todo lo que necesitábamos para comer. Es una selva densa y todo lo que queríamos lo teníamos allá.

—Yo sé por dónde vas, Toño, pero si vas a explicar las cosas bien, tienes que conectar eso que me estás diciendo con la vida sexual.

—Cierto. La única forma de poder hacerlo es echándole ganas a una especulación inteligente. ¿Cuál es la especie que hoy existe en un hábitat semejante a ese en que surgimos?

—La más parecida a nosotros es la especie de los bonobos El parecido de esta especie abarca muchos aspectos, empezando por el más importante: la similitud del DNA, ¿no es así?

Toño asiente sonriente.

—Este tipo de primate utiliza el sexo para hacer la paz y evitar el conflicto. El saludo del bonobo es el roce de genitales, mi estimado. ¡El roce de genitales! El roce inicial puede extenderse a la manipulación de los genitales, besos, etc. Es decir, no necesariamente se llega al coito, pero no hay nada que lo impida.

Se detiene Toño. Observa a Chucho. Continúa Toño:

—Estoy tratando de entender si tu rostro dice “estoy entendiendo” o estás pensando “pobre cuate, está ya loco” ¿Cómo la ves?

—Haces bien, Toño. Hasta ahora te acepto el sentido de lo que me estás explicando. Pero tú sabes que acostumbran tirar cualquier referencia a otras especies con el argumento de que “no somos monos”.

—Cierto. Y dicho eso, el o la que lo dice cree que ha enunciado lo más genial concebible en el universo y desprecia lo que sea que le digas después.

—¡Qué cabrón El Toño! —lo dice Chucho y ríe sonoramente— ¡Te conoces bien a los que te rodean! —¡No, por favor! ¡Que no me vea yo rodeado de esos!

—El caso es que le dimos en la madre a nuestra convivencia sexual humana cuando la desorganizamos al tratar de “adaptarla” a lo que exigía el cambio que dimos al convertirnos en agricultores, en vez de continuar siendo...

Hace una pausa Toño, pensando algo intensamente. —¿Recolectores quieres decir? —le pregunta Chucho.

—Sí —contesta, aparentando no estar satisfecho—, pero no puedo llamarlos ni “recolectores”, porque “recolectar” da una idea de pasar, recoger y llevar. Estoy hablando del momento anterior a la recolección. La época del “pasa, toma, come y sigue”, con todo el grupo en la misma actividad, sin necesariamente estar conscientes de que están en alguna actividad.

—Ah, ya veo: no recolectores, sino los que “pasan, toman, comen y siguen”, en vez de los que “salen, buscan, encuentran, guardan, llegan, distribuyen, comen”. ¿Es así?

—Exacto.

Sonríe Toño y asiente con la cabeza, saboreando mentalmente el proceso que ahora disfruta con el amigo de antaño.

—No puedo llamarlos “recolectores”, porque creo que en un hábitat abundante, solo pasábamos y tomábamos lo que necesitábamos. La recolección implica un nivel de abundancia menor. En fin, creo que nuestra sexualidad fue obligada a cambiar cuando decidimos que era importante conocer quién es el padre de cada niño o quién es el responsable del embarazo de una mujer. Y esto jamás fue necesario en una sociedad en la que todos andan juntos y pasan, toman, comen y siguen. Yo creo que esta fue la forma de vida en la selva, no en la sabana. Los vestigios humanos nos hablan de su paso por la sabana, pero no de su vida por la selva. Pero es allí donde viven nuestros parientes genéticos más cercanos, los chimpancés y los bonobos.

—O sea que, antes de la agricultura, no nos interesó saber quién era el padre de cada niño, ¿eso es?

—De eso estoy totalmente seguro. Es decir, aunque algunos se quejarán con desesperación y de encabronamiento cuando oigan esta idea, la realidad es que el asunto de la paternidad identificada no es algo natural de la especie humana. De hecho, yo creo que el cerebrazo ese que cargamos es el causante de muchas cosas muy buenas, pero es también el inventor de muchas pendejadas. Y esta invención de la “consciencia de paternidad”, es una de ellas.

—¿Así, de plano? —Totalmente convencido.

—En ese caso, tenemos menos de una vigésima parte de nuestra existencia viviendo en la “forma equivocada o errónea”. Se calcula que el humano de hoy apareció hace 220 mil años, y sin embargo, hace solo 10 mil años que inventamos la agricultura. Por lo tanto, solo hemos estado encajonando nuestra sexualidad en una forma no natural durante 10 mil de los 220 mil años que tenemos de ser humanos —diserta Chucho, satisfecho.

—Así es. O sea, más de 150 mil años hubo humanos que no le dieron importancia a la paternidad. Éramos grupos de 50 a 150, todos se conocían entre sí, incluso íntimamente, o sea, sexualmente. Por alguna razón, los sitios de donde se puede deducir esto, también presentan grandes cantidades de esqueletos de infantes. Obvio, ¡nadie se cubría parte alguna del cuerpo!

—¡El paraíso!

—¿Y por qué no? Nadie se avergonzaba de su desnudez y no estaban aún condenados a “ganar el pan con el sudor de la frente”. Eso viene después, pero no por algún castigo divino, sino por una catástrofe natural, que parece haber sucedido hace unos 70 mil años.

—La cuestión es que hoy es casi una idea generalizada: los padres trabajan para mantener a sus hijos, no a los hijos del vecino.

—Así es. Es otra de las esquinas del cajón. Y, parece “perfecto”, ¿verdad? “¡Cómo podría ser mejor!” ¿No así lo dicta el “sentido común”?

—¿Tú sí trabajarías para los hijos del vecino?

—No es ese el asunto, Chucho. El tema es mucho más complicado. Aquí es en donde entramos a las demás aristas del cajón. Estos son los temas en los que las soluciones elaboradas por el cerebro humano nos entramparon. Y allí vivimos hoy: en la trampa.

Después de un minuto de silencio, Toño toma de nuevo la palabra. Chucho observa la nada en el horizonte. De nuevo, sonríe y escucha con atención.

—Vivimos en una estructura de escasez, en la que lo que yo tengo, otro lo deja de tener; una estructura en la que cada individuo debe hacerse propietario del mayor número posible de bienes a lo largo de su vida. Y aunque la pareja y los hijos no son hoy “propiedad”, alguna vez lo fueron.

—Eso tiende a formar desigualdades abismales.

—No solo forma desequilibrio en el nivel de propiedades de cada individuo, sino que provoca una tendencia a tergiversar el valor de la acción humana. Ya no se trata de aportar para ganar méritos, sino de encontrar trucos para simular que se merece algo. El tema, realmente, ¡no es sencillo!

—No, no es. Estoy cavilando el asunto. Dame chance de pensarlo.

Hay un tiempo de silencio. Ninguno de los dos habla. Chucho continúa, al parecer, analiza si ha entendido lo que han conversado.

—Primero, la sexualidad hoy no es natural; segundo, escogimos esta forma “no natural” cuando inventamos la agricultura; tercero, la identidad del padre es un asunto de los últimos diez o doce mil años, es decir, en tanto hay agricultura; cuarto, la hembra de nuestra especie seguramente es más sensual que el macho, pero las culturas las reprimen...

—Sí... —interrumpe Toño.

—Espera, estoy pensando en voz alta —recupera la palabra Chucho—. Quinto... —piensa un rato, que parece prolongarse—. Bueno, no se me ocurre el quinto, pero, ¿qué ibas a decir?

—Que así es, las culturas reprimen la sensualidad femenina. Mira, tienes el ejemplo más obvio de represión de la sensualidad femenina en la monstruosidad de los 450 años (más o menos) que estuvo vigente el tribunal de La Inquisición. Por lo menos unas 450 mil mujeres fueron condenadas a morir en la hoguera o en otras formas horribles, y a otras más, se calcula que fueron como dos y medio millones, se les condenó a horribles calabozos, de por vida. Lo cierto al caso es que se trata de mujeres que no tuvieron oportunidad de reproducirse. Son mujeres que no dejaron prole que heredara sus tendencias, sus genes “sensualmente liberales” —explica Toño cuidadosamente.

—O sea, una verdadera selección cultural, diferente de la selección natural, el mecanismo de la evolución. Hemos tergiversado el orden natural de la evolución humana para dar entrada al Miedo—sentencia Chucho.

—Excelente elaboración, Chucho. Esa es la clave. Hemos intervenido en la selección natural por medio de la selección cultural. La evolución de nuestra especie se encuentra alterada por las decisiones culturales que hemos tomado.

—O sea que, las mujeres que hoy existen, son más eficientes en guardar las apariencias...

—“Guardar las apariencias”... Exacto. Son mujeres con mayor capacidad de esconder su sensualidad y su erotismo. Puede ser que lo tengan, pero están mejor dotadas cerebralmente para conservar sus deseos en absoluto secreto por el engendro del miedo que se desarrollo alrededor de la agricultura...

—Puede ser que lo hablen entre sí...

—Quizás hablen de sus deseos sexuales tanto como los hombres. Al varoncito humano no se le castigó en tribunales, excepto, quizás, a los que demostraron tendencia homosexual. Las normas fueron hechas para que las mujeres obedezcan, no los hombres. De hecho, religiones institucionales de gran trascendencia histórica, declararon deseable el celibato masculino, pero, al mismo tiempo, fueron increíblemente tolerantes con las violaciones a esa supuesta “abstinencia sexual”. ¿Debemos entender la palabra “celibato” como “sin pareja”, pero no obligado a abstenerse de la sexualidad? “La carne es débil”, dirán. Realmente lo que ocurrio fue que "el miedo" infundido por estos cambios radicales malinterpretaron la sabiduria del "autorestringirse" que es 'tension sexual' y la interpretaron como 'celibato'.

—Y hasta hoy, esas religiones institucionales han sido inquebrantables con su negativa a que la hembra humana pueda también ejercer sacerdocio, por 'miedo' a perder el control. 

—Así es, mi querido Chucho; es algo totalmente previsible. ¿Cómo vas a colocar ante un altar a féminas como celebrantes, cuando los consideras seres profundamente sensuales, seres que tuviste que ejecutar por su erotismo, en una religión que considera el sexo como un “mal necesario”?

—Bueno, Toño, los varoncitos también tienen un rabillo colgante, con todo y sus muy sexis bolsitas...

—Pero allá queda el paquete, bien guardado entre kilos de tela. También se pueden disimular los detalles de una mujer, pero son más difíciles de esconder esas protuberancias pectorales; esas que realmente parecen servir solo para levantar pasiones eróticas y erecciones 99.9% del tiempo, y 0.1% del tiempo, amamantar al crío. Además, no puedes comparar el cuadrado cuerpo del varón, con el voluptuoso cuerpo de la hembra.

—¿Le causará fascinación erótica a una mujer, en forma natural, el “paquete masculino”?

—Resulta que sí, pero puede ser que no se dé cuenta en forma consciente. Mira, yo estoy seguro de que la hembra humana debe tener una especial fascinación por todo lo que el varón esconde en su privacidad. Y estoy seguro de que también se emociona cuando ve su propio cuerpo desnudo... o sea, los cuerpos de otras mujeres. Y no es que sean lesbianas.

—Entonces, mi quinto punto —declara Chucho— vendría a ser que las hembras humanas de hoy son descendientes de las que sí supieron disimular su sensualidad y erotismo, pero no porque no lo tuvieran, sino porque no lo demostraban con libertad y apertura; en cambio, las que fueron encarceladas o ejecutadas, eran demasiado obvias.

—Chucho, supongo que estás de acuerdo conmigo en que el proceso de selección natural fue totalmente alterado; esa fuerte intervención humana (la inquisición), generó lo que habríamos de llamar selección cultural que es bajo el criterio del Miedo. ¿Cómo la ves?

—Una vez más, y después de 40 años, ¡tiene sentido lo que dices, Toño! Debe haber alguna manera de profundizar en tu hipótesis y convertirla en teoría.

—Pues tú eres el que aún trabaja en una universidad. ¿Por qué no la planteas como hipótesis? Insisto: Zoila puede ayudar.

—No es mala idea para nada. Creo que lo voy a hacer, Toño. ¿Tienes algún fundamento en todas estas cosas, o son solo conjetura?

—Bueno, son cabos sueltos que me resultaron atractivos, por lo menos para ir uniendo teóricamente. De esto último que te digo, de mi sospecha con respecto a la más activa sensualidad y erotismo, además, no hormonal, por parte de la hembra humana, hay un estudio: el de Meredith Chivers. Haz una búsqueda del nombre. Te vas a dar cuenta de que se están acercando a resolver el misterio que Freud jamás pudo contestar.

—A ver, por favor, envía a mi correo ese nombre. Ya estoy muy ansioso de encontrar algo al respecto.

—Te lo enviaré. Ahora, toma esto en cuenta. Las cosas van a cambiar y creo que el cambio va a ser muy radical. El sistema cultural que hoy tenemos provoca una gran cantidad de estrés, de ansiedad, de problemas de aceptación y adaptación para la gente en general. Además, la gente (tanto hombres como mujeres) es “aleccionada” para mentir y simular —hace Toño especial énfasis con las manos al pronunciar las palabras “mentir” y “simular”— en vez de actuar con sinceridad, exacto, ese es el resultado del miedo producido por condenar la sensualidad.

—Y luego se dice que el humano es hipócrita y mentiroso...

—¡Eso! El humano no es sino una criatura que se defiende como puede de los ataques que se le propinan todo el tiempo. El planeta le propinó fuertes ataques hace unos 70 mil años, que es cuando unos cuantos que lograron sobrevivir, ¡se defendieron buscando cómo hacerlo! Ese puñado de humanos que quedaba fue el que inventó el método para sobrevivir que hoy conocemos como “cultivo del campo”, en vez de recoger (o pasar, tomar, comer y seguir) del hábitat lo que allí va apareciendo, nace el miedo a la perdida del poder.

—Pues estás haciendo que también se me vayan atando cabos en el cerebro...

—Y no solo eso, Chucho. Piensa que el humano tiene todas las características anatómicas de las especies que se alimentan de plantas, no de animales. El haber dominado el arte de cazar otros animales para comérselos, fue también una respuesta de supervivencia —hace énfasis con los brazos y manos ante la palabra “respuesta”—. Aprendió a comer animales, porque no le quedó más remedio que hacerlo. Su “hábitat natural” había sido destruido por catástrofes del planeta, imposibles de controlar.

—Oye, Toño, le estás dando luz a mi entendimiento. En efecto, al animal humano parece no gustarle naturalmente comer otros animales. El animal humano rechaza por instinto la sangre y los cadáveres de otros animales. Pero cuando se convierte en una necesidad de subsistencia matar para vivir, ¡pues su cerebro le dicta “hazlo”! Lo interesante de ese gran cerebro es que funciona muy bien para dar respuestas especiales a circunstancias imprevistas, se genera el miedo a morir.

Uáo, excelente, socio. Hace falta el colega Luis. ¡Coño, te lo hubieses traído!

—No, cabrón, todo cuesta un chingo. Esta economía “de verdad” es abundante en oferta, en demanda, pero ¿ganar para pagar? ¡Esa es la parte delicada! Si no haces algo que de verdad sea apreciado por el consumidor, estás frío. Además, el Luis anda bien ocupado en su mundo académico.

—Bien por Luis y por la economía. Así debe ser, ¿no? Digo, ¿te estás quejando? ¿Quieres regresar a la economía que le llamaban “de los bilimbiques”?

—O sea, ¿dinero de mentiritas?
—Sí, como en los años 80 en nuestro país y otros más.
—No, por favor, ni por descanso. Salir de esas crisis era un esfuerzo brutal e incierto, todo por producto del miedo.

—Regresando al tema, pues, ¿no te parece que estamos ya maduros para un cambio radical de cultura? En alguna ocasión, aquel legendario Mao Tse Tun dijo que China requería una “revolución cultural”. Yo creo que nosotros, los humanos, todos, no solamente los chinos, estamos maduros para provocar una “revolución cultural total”. Algo que busque la modificación de las creencias en torno a la sexualidad.

—Por lo que a mí respecta, mi querido Toño, estoy totalmente listo y puesto.

—¿Qué diría Zoila, tu inteligente y bella esposa?

—Ella, primero, sistemáticamente se opondrá. Ya después entraremos a una especie de equilibrio y absorberá el tema. Ya la conoces, a partir de ese momento aportará sin cesar.

—Pues te diré que yo tengo el plan de comenzar esa revolución en mi círculo, el existente, o creando uno ampliado.

—O sea, ¿a la praxis de una vez?
—Lo vengo reflexionando desde hace ya algún tiempo; realmente, varios años. Quiero comenzar ya el proceso.

—Una vez que empieces ese proceso, Toño, ¡no hay vuelta atrás! Pero eso, desde luego, tú ya lo sabes, ¿no es así?

—En efecto, mi querido Chucho. El primer paso es hacia adelante, igual que todos los que vendrán después. Ninguno tiene vuelta atrás. Es casi como caminar en una montaña que se va derrumbando conforme avanzas, de tal manera que el pie asentado detrás de ti, está ya adelante del precipicio que va dejando atrás. Eso es viviendo "en el ahora"

—Y, ¿cómo empezarías?

—Al tanteo a traves de la meditacion. No veo otra forma. Tengo una gran ventaja: Lisa es una mujer muy inteligente, muy especial, muy sana, tanto mental como físicamente. Me gusta visualizarnos como la nueva pareja, “Adán y Eva”, nada más que esta vez para conducir a la humanidad nuevamente al paraíso, no para seguir expulsados. ¿Me explico?

—Bueno, sí, Toño; eso es un sueño. Escríbeme lo que vaya sucediendo; ¿cuento con ello? Y ya sabes cómo te van a llamar...

—¿Cómo?
—Cómo más, ¡el utópico! Es que, realmente, es una utopía ahora.

—Lo tomaré en cuenta. Desde luego, no cuentes con que te escribiré el avance; si lo hago será excepcionalmente.

Toño parece estar concentrado en algo. Hay unos segundos de silencio. Toño lo rompe.

—Chucho, ¿estás viendo el alcance de lo que estamos analizando? Estamos hablando de un rompimiento radical con todo el jueguito este hipócrita en que nuestras respuestas culturales nos han hecho caer.

—Cierto; fueron soluciones que nos permitieron sobrevivir y poblar todo el planeta... —Nos pasamos... digo, en eso de poblar todo el planeta, ¿no crees?

—Sí, nos pasamos; ¡pero sobrevivimos! O sea, nuestro cerebro fue efectivo. “¿Supervivencia quieren? ¡Supervivencia les doy!” Más o menos esa fue su actitud...

—Un cerebro obediente a las instrucciones precisas de la evolución y al proceso de selección natural. Eso queda fuera de toda discusión, Chucho. Nuestro cerebro fue muy efectivo; dio una solución exitosa, pero la dio para la supervivencia de muchos, miles de millones; lástima que la selección natural no trajo consigo alguna directriz a favor de la calidad existencial. Esa fue la parte en la que no trabajó el cerebro, pero con la meditacion vamos a corregir en menos tiempo de lo que tardo en crearse. 

—Pero en cambio, el tuyo, Toño, ese cerebro sí, solo en eso está trabajando, ¿no es así? —expresa Chucho en tono y ademán conclusivos.  




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